sábado, 24 de abril de 2010

Jóvenes y chamba. El caso peruano


Cada año miles de jóvenes peruanos egresan de la escuela y salen a las calles. Calles de urbes pobladas hasta el extremo en un país que ha variado en poco menos de 60 años su condición rural, transformándose en un país esencialmente urbano. Fenómeno que además ha generado otra transformación: la demográfica. Las estadísticas nos revelan que tres de cada diez peruanos tiene entre 15 y 29 años.

Auscultar el fenómeno del empleo juvenil supone trascender los estereotipos y plantear una mirada integral. Y es que hay una tendencia de los estudiosos peruanos de urbanizar el fenómeno de la juventud. Desde esta perspectiva aparecen, por un lado, las nuevas expresiones culturales como los emos, con su halo de depresión, suicidio y muerte con que se le han presentado en los medios de comunicación peruanos y por otro lado, las pandillas, consideradas hace mucho el primer problema de seguridad de las poblaciones urbanas. Pero hay motivos suficientes para centrar la atención en los fenómenos de la urbe: hoy las grandes ciudades peruanas albergan a una estridente población de jóvenes. Muchos de ellos han migrado de sus territorios de origen y se asientan hoy en las ciudades buscando oportunidades que le brinden la promesa de una vida mejor.

Los flujos migratorios que alimentan la ciudad no han podido detenerse. Y no es que se haya hecho mucho para evitarlo. Por ejemplo, las políticas de juventud más publicitadas en los últimos años han enfatizado sus acciones sobre la población urbana. En cambio, no ha habido claridad con respecto a las políticas para mejorar la calidad de vida y crear oportunidades entre la juventud rural.

¿Por qué se da esta urbanización en las políticas de juventud? Por un lado no es fácil ubicar y caracterizar al sujeto joven rural, pues en las zonas rurales no hay una transición clara de la niñez a la adultez. Desde pequeños, chicos y chicas asumen el trabajo del campo sin mayores moratorias. En cambio en las ciudades se generan espacios de incertidumbre, moratorias no definidas que da lugar a la marginalidad. Emerge aquí una imagen letal de la juventud: aquella que no tiene oportunidades y convive con la angustia; la que delinque y protagoniza violencia urbana. En alguna medida podemos decir que se ha generado un estereotipo sobre el sujeto urbano joven: una imagen que bordea el estigma y condena a nuestros jóvenes citadinos con adjetivos como vagos, delincuentes, miserables.

Y es que en los espacios marginales de la urbe ellos conviven diariamente con otros problemas asociados a la pobreza: la carencia de oportunidades laborales y la precariedad del sistema educativo público (uno de los peores de Latinoamérica). Aunque el acceso a la educación primaria y secundaria en el país se ha universalizado en los últimos años (muchos jóvenes logran terminar sus estudios escolares), no ha habido una mejora sustantiva en la calidad de esa educación, de tal manera que sus estudios no les sirven mucho para modificar su situación y acceder a un puesto de trabajo que asegure movilidad social. A esto se añade la inadecuada orientación de la oferta educativa que privilegia estudios estereotipados que no necesariamente van acordes a las realidades económicas locales . Para colmo de males a esto se agrega la segregación social y cultural que vive nuestro país. Los jóvenes que provienen de zonas marginales (en la ciudad de Lima se les llama Conos a los extremos de la urbe), escuelas públicas o presentan rasgos étnicos andinos y/o mestizos ven disminuidas sus posibilidades de acceso al mundo laboral formal. De esto se ha hablado poco y en voz baja, pero no podemos negar que la educación peruana convive también con esta especie de apartheid educativo en el que muy pocos jóvenes pueden acceder a los estudios con estándares occidentales que se ofrecen en algunas escuelas exclusivas cuya posibilidad es imposible para la mayoría por el alto costo económico que demandan y por los filtros socio culturales que restringen el acceso de cualquiera.

El empleo juvenil entonces genera una tensión permanente (como de globo en expansión) pues absorbe la presión de las miríadas de jóvenes que pugnan por abrirse un espacio de desarrollo que no ha podido ser asumido por el Estado. Además, lo poco que pueden hacer las instituciones de la sociedad civil, empresas y ONGs, canalizando recursos propios o de la cooperación internacional, está desarticulado y nunca es suficiente, pues la inadecuada focalización de beneficiarios sigue siendo un tema pendiente.

¿Pero cómo sobreviven entonces nuestros jóvenes? Muchos de ellos viven de “cachuelos” (término con el que se conoce al trabajo provisional que brinda a su ejecutor el dinero para sortear el día a día) pues tienen que trabajar con una escasa calificación, en oficios o actividades para los que no fueron formados y sometidos a regímenes que no les brindan ningún tipo de seguridad social.
Hoy abundan los empleos informales en las zonas neurálgicas de comercio en Lima: los mercados de abastos, los terminales de comercio, el sistema de transporte público. Estibadores, llenadores, jaladores, avisadores, cobradores de combi, moto-taxistas, son una variopinta y extensa gama de personajes que pueblan día a día las calles de Lima sobreviviendo sobre lo que se negocia día a día en el asfalto.
Los que por el contrario, accedieron a una mejor educación van bregando contra todo forzando las puertas que poco a poco se les va abriendo en el Mercado; mientras que aquellos que no pudieron pagarla, ven cómo se cierran sus posibilidades y son expectorados a la franja del desempleo lo que genera a su vez otra problemática: la dependencia.

Es el empleo juvenil un factor que posibilita a los jóvenes ir ganando algunos márgenes de libertad para ensayar su autonomía e independencia. Pero sin trabajo, o con trabajo malo, la estadía en las familias nucleares se extiende y con ello su posibilidad de independizarse económicamente. Es esta juventud la que se prolonga hasta el borde de los 30 años, los que todavía siguen pugnando para que la política pública no les dé la espalda, pues casi siempre nuestro Estado piensa en los “chicos” de 18 años, los nuevecitos, cuando hay que promover empleo, dejando de lado ese inmenso contingente de gente joven que ya hace tiempo cruzó la valla de los veinte.

Pensar en nuestros jóvenes nos exige considerar las complejidades y superar las contradicciones existentes. Ya hemos visto cómo la heterogénea presencia de sujetos en el vasto territorio nacional exige una mirada intercultural. De otra parte hemos constatado la diferencia y la gama de circunstancias que se deben considerar al plantear la cuestión urbana o la rural. Y como si fuera poco, el intervalo de la juventud plantea diferentes escenarios pues los jóvenes de 15 tienen otra mirada y expectativa que los jóvenes de 29. Si hay algo continuo en todo nuestro análisis es la comprobación de la heterogeneidad. Sobre estas constataciones debemos pensar y ensayar respuestas múltiples a la compleja presencia juvenil en el país.

1 comentario:

  1. Hola

    Me parece muy interesante el panorama que nos brindas sobre las condiciones de los sujetos juveniles en Perú, sobre todo porque me anima a pensar en que las juventudes alrededor del mundo, afortunada o desgraciadamente, están atravesando situaciones muy parecidas.

    En México los jóvenes también se enfrentan al desempleo, teniendo como opciones el autoempleo en condiciones mayoritariamente precarias, o bien el acceso a trabajos mal remunerados y sin ningún tipo de prestación o beneficio.
    En muchos sectores, las manifestaciones culturales de los jóvenes se ven como un sinónimo de pérdida de valores, de actividades sin sentido, son vistos como la generación de los sin: sin valores, sin futuro, sin expectativas, sin mejoras...esta situación impide precisamente la visibilización sociopolítica de los jóvenes en un terreno distinto, que los coloque como actores y como ejes de las políticas, en las cuales deberían también ser diseñadores.

    Si bien es cierto que las condiciones en que se viven las juventudes son heterogéneas, también es cierto que hay elementos compartidos, que podrían sembrar la pauta para reformas sustanciales hacia los jóvenes, desde los jóvenes.

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