José Luis Cabrera
Nos aguardan cerca de 9 horas de viaje. Nuestro destino es Lircay, distrito de Angaraes, Provincia de Huancavelica. El automóvil pronto dejará la Capital, penetrará centros poblados y sorteará las innumerables curvas que bordean los precipicios de nuestro Perú profundo. Aunque hemos viajado muchas veces, esta vez nos inquieta una idea: Huancavelica es considerado el departamento más pobre del Perú. Este dato suscita algunas reflexiones.
En el Perú 35 de cada 100 peruanos son pobres, según el Informe de Pobreza 2009 (INEI, 2010). Esta cifra es significativa si consideramos que, según la definición de pobreza utilizada en este informe, este 34,8% de peruanos no alcanza el nivel de ingresos suficiente para satisfacer sus necesidades básicas. La cifra disminuye, pero se hace más dramática, si nos fijamos en aquellos que no cubren siquiera las necesidades alimentarias que su organismo demanda para llevar una vida normal: 11,5 por ciento de peruanos literalmente, no tiene qué comer, son pobres extremos, según este informe oficial.
Puestas estas cifras en una línea temporal, podrían aparentar ser auspiciosas, y lo son más para un gobierno que, próximo al retiro, pretende evidenciar a toda costa los logros de su lucha contra la pobreza. Y es que la curva de pobreza ha ido descendiendo a límites que, aunque todavía severos, proyectan una ilusión de progreso: hemos pasado del 56% a un 34,8% de pobres en apenas 6 años y las cifras siguen viniéndose abajo.
Es cierto que estas cifras son prometedoras, pero no deberíamos celebrarlas hasta el punto de mostrar tolerancia con los todavía severos porcentajes de pobreza que convive entre nosotros. En nuestro país muchos fenómenos son presentados como naturales. Por ello tendemos a aceptar como un principio absoluto la existencia de pobres como requisito básico de funcionamiento del sistema. Esta naturalización de la pobreza es perniciosa, casi tanto como aquella que permite la violencia de los hombres hacia las mujeres, tema en el que si bien se han dado logros evidentes (en muchos sectores sociales ya no se acepta este tipo de violencia), todavía se necesitan pasos definitivos para desterrarla.
¿Por qué seguimos tolerando la pobreza? Quizás por que en nuestro país ésta así como ancha, es a la vez ajena. Ajena a una clase política que no endereza su comportamiento histórico (corrupción, clientelismo, incapacidad); ajena a cierto sector de empresarios que todavía no entiende que inversión en el mundo moderno es también sinónimo de responsabilidad; ajena, en suma, a muchos sectores sociales que no comprenden que las posibilidades de convivencia dependen de condiciones irrestrictas de equidad.
La pobreza ensañada
Ahora bien, la pobreza en el Perú no sólo se relaciona con un conjunto de carencias materiales (aunque el método de Línea de Pobreza utilizado en el Informe del INEI mida sólo su expresión monetaria), pues aparece casi siempre acompañada de una fuerte exclusión social (Manrique). Los pobres peruanos afrontan serias dificultades para insertarse en los sistemas de funcionamiento de nuestra sociedad. Muchos peruanos se encuentran fuera de los sistemas financiero, educativo y laboral, que NO SÓLO les cierran las puertas, pues además los expectora, como es el caso de nuestra educación pública que termina reproduciendo y perpetuando las condiciones de inequidad en las que vivimos históricamente los peruanos. ¿Podemos imaginarnos las posibilidades de movilidad social de un joven andino egresado de una escuela pública rural?
Esta exclusión social hace que los pobres peruanos no cuenten para el Estado (¿sabemos la gran cantidad de niños cuyos nacimientos no son reportados?) y si es que cuentan, sólo sea para ser considerados beneficiarios de políticas benefactoras y/o programas asistencialistas que restringen sus posibilidades de ejercer plenamente su condición de ciudadanos.
Constatación y reflexión
Sabemos casi por intuición que la pobreza es el efecto sistémico de un conjunto de factores coyunturales y estructurales. No es casualidad que los índices más altos de pobreza se concentren en las zonas rurales del país. En el informe oficial que hemos comentado aparece un mapa de distribución territorial de la pobreza. Allí se advierte, con coloraciones intensas, una zona muy notoria de incidencia de pobreza: la sierra sur peruana y un departamento en rojo: Huancavelica, a donde nos dirige nuestro viaje, que tiene a más del 70 % de su población en esta condición.
Este hecho se constata a lo largo de todo el departamento de Huancavelica, incluso en su propia Plaza de Armas donde nos recibe una presurosa legión de niños lustrabotas. Al fondo, dos mamachas conversan en quechua y en voz alta, más atrás hay un monumento a la pelota. No nos es difícil entender ahora por qué Huancavelica es considerado el departamento más pobre del Perú. Camino hacia Lircay, una de sus provincias mineras, atravesamos serranías por un camino sin asfalto, sorteando precipicios y contemplando lo que el mapa de pobreza nos revela en frías cifras: poblados sin luz eléctrica, evidente precariedad e insondables carencias.
Además de las consecuencias sociales de la pobreza (la exclusión que comentamos arriba) son conocidos sus efectos en el psiquismo de la personas. Algunos especialistas hablan de una cultura de la pobreza. Otros han estudiado ampliamente fenómenos como la desesperanza aprendida que consiste en el aprendizaje que hacen las personas de su situación de carencia restando posibilidades de emprender estrategias para superarla. Otro efecto conocido es la incapacidad de proyectarse en el tiempo: los pobres van perdiendo la capacidad de imaginarse un futuro, acostumbrados como están a pensar en qué comerán más tarde. Otro efecto es la pérdida del locus de control: los pobres sienten que no pueden controlar la situación que los condena a la pobreza. Estos efectos son perversos pues generan un circuito vicioso que muchas veces es imposible cortar por cuenta propia y por ello la propagada necesidad de políticas sociales .
Responsabilidad social ¿tarea de todos?
Si bien no constituye una receta, la responsabilidad social puede ser una estrategia efectiva para enfrentarnos a la pobreza. Es un enfoque que genera compromisos y facilita sinergias, elementos indispensables para forjar proyectos colectivos y posibilidades institucionales en democracias políticas y economías de mercado como las nuestras.
Aunque en un principio se habló de responsabilidad social empresarial, en evidente alusión a la necesidad de involucrar en la promoción del desarrollo al sector privado; últimamente, se han venido incorporando nuevos actores: sociedad civil, medios de comunicación, universidades, aceptándose la posibilidad de una participación colectiva de diversos sectores sociales en compromisos que deben involucrar a todos los peruanos.
Llegamos a Lircay después de una agotadora travesía. En nuestra interacción con sus pobladores un grupo de jóvenes universitarios huancavelicanos nos sugiere conformar una brigada de voluntarios para implementar un programa de alfabetización para los más pequeños y capacitación para los trabajadores del campo. Nos emociona su propuesta. Jóvenes con evidentes carencias nos demuestran una vocación inusitada para identificarse con los problemas del país y aportar para superarlos. ¿Esto también es responsabilidad social, nos preguntamos? Sí. Y actitudes de este tipo, hoy más que nunca son urgentes.
Ahora bien, no seamos ingenuos, no sólo son suficientes la voluntad y el idealismo de los jóvenes. La tarea implica una serie de reformas de orden institucional que tienen que ver con el fortalecimiento y reorientación de las políticas sociales, una focalización certera de la pobreza para alinear y perfilar el alcance de nuestros programas sociales, la implementación de una serie de instrumentos (normativos y ejecutivos) en el marco de una reforma del Estado que no sólo desconcentre, sino que descentralice realmente las oportunidades que sí hay en las ciudades.
Mientras tanto es una buena idea acompañar la voz de nuestros jóvenes y ampliarlas. Habremos dado sin duda un paso más en esta ruta de progreso que los peruanos (como nunca antes) hemos empezado a avizorar desde hace un tiempo.